La inteligencia está en la base de la libertad y la libertad es hermana gemela de la divergencia. Si no somos capaces de discrepar, probablemente no seremos libres, pero ser libre es ser inteligente y, por eso, cabe esperar que la divergencia tenga una profunda razón humana y no sea simplemente el resultado de un placer enfermizo por la contradicción.
No es que la contradicción no pueda ser una metodología bastante eficaz para poner a prueba las convicciones del Otro, pero si el propósito de una metodología consiste únicamente en comprobar y no nos ayuda a construir una síntesis aplicable a la vida, entonces el proceso es pobre e incompleto, es decir, poco inteligente.
La dialéctica, por su parte, nos ofrece un camino hacia la verdad mucho más enriquecedor y cuenta con una larga tradición de validez en la historia de la filosofía. Como arte de argumentar y discutir, o arte de razonar con rigor, la dialéctica nos propone un modelo de pensamiento que sigue un ritmo ternario: tesis, antítesis y síntesis.
Este modelo tiene antecedentes lejanos, como Aristóteles, con su «deducción a partir de proposiciones simplemente probables», y los escolásticos, con su «lógica formal», pero fue el alemán Hegel quien consolidó el proceso de pensamiento basado en estos tres pasos intelectuales.
El uso de la dialéctica nos proporciona, por tanto, una oportunidad de diálogo creativo y enriquecedor, capaz de integrar la divergencia en un proceso estructurado de reflexión orientado a alcanzar un resultado aplicable para todos los implicados: la mencionada síntesis.
El razonamiento dialéctico permite, por tanto, el respeto explícito por la libertad, ya que establece como condición de eficacia la existencia de la fase de antítesis, una forma especialmente intensa de divergencia, puesto que busca poner de manifiesto los argumentos contrarios a la tesis inicial propuesta para su discusión.
Pero la dialéctica es un proceso de pensamiento construido con el propósito de validar una conclusión, y no una confrontación inútil de argumentos triviales o estúpidos destinada a llenar tiempos muertos o entretener a espíritus desocupados.
La inteligencia constituye, en consecuencia, un elemento fundamental de todo pensamiento dialéctico, en primer lugar porque debe estar presente en la formulación de la tesis y de la antítesis, y porque solo la inteligencia permitirá dar el salto cualitativo que constituye un requisito esencial de la síntesis.
Ahora bien, la síntesis representa una ganancia de inteligencia compartida por todos los que participan en el proceso, independientemente de la calidad y profundidad de su contribución al ejercicio dialéctico. En este sentido, la calidad de la síntesis y su utilidad práctica en la vida de cada uno constituyen una recompensa extraordinariamente generosa para quienes aceptan participar en el ejercicio.
Podría pensarse que el valor (económico o emocional) de la síntesis acaba distribuyéndose de manera injusta, ya que tanto se beneficia de ella quien más ha contribuido a la riqueza intelectual del proceso de pensamiento como aquel que menos ha arriesgado y ha seguido más pasivamente toda la discusión. Pero esta acusación no es cierta, porque el valor de la síntesis no reside únicamente en la calidad intrínseca de la conclusión alcanzada, sino también en la forma en que se ha llegado a ella. Al tratarse de un proceso participativo, dinámico y basado en la divergencia respecto a la tesis inicial, el pensamiento dialéctico transforma la discusión en un diálogo estructurado, con fundamentos aceptados y objetivos compartidos. Por tanto, en la síntesis puede reconocerse la contribución de todos, independientemente de que su argumento fundamental haya prevalecido o no.
En el marco de un modelo de gobierno democrático y en un contexto de dificultades económicas gravísimas, el valor de un proceso político se mide por su eficacia para alcanzar las síntesis que exige la inteligencia necesaria para el éxito de todos.
La Alemania de Merkel —pero también de Hegel— ofrece, con su gobierno de entonces, una de estas demostraciones de conocimiento filosófico, al valorar la dialéctica entre partidos y conseguir culminarla en una síntesis denominada «contrato de Gobierno», un documento que organiza la participación en un mismo ejecutivo de los dos grandes partidos históricamente adversarios.
El Portugal de Passos y Costa continúa a la deriva en debates patéticos, infantiles y evidentemente inútiles, incapaz de proponer una tesis y presentar su contradicción, superando ambas mediante una síntesis que demuestre la inteligencia de los dos.
Y así queda demostrado lo difícil que resulta comprender el Mundo sin haber cursado el séptimo año de Filosofía… y gobernarlo desde la ignorancia solo puede acabar en tragedia.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


