Hay viajes en avión que duran cuarenta minutos, pero tienen la densidad psicológica de una novela rusa. Hace algún tiempo, en un vuelo entre Lisboa y Oporto, viví un episodio que encajaría perfectamente en un capítulo sombrío de Dostoievski, si Dostoievski hubiera escrito sobre hombres pequeños con egos enormes, empequeñecidos por la ingratitud.
El escenario de este episodio fue la fila 17, asiento central, esa posición ingrata en la que se pierde la autonomía de los brazos y la dignidad de las piernas. Me senté resignado, preparado para un vuelo tranquilo, cuando el destino, siempre con un sentido del humor inoportuno, decidió ofrecerme compañía.
A mi derecha, junto al pasillo, se sentó un viejo conocido. Una de esas criaturas que la vida nos devuelve de vez en cuando, ni para honrarnos ni para atormentarnos, sino simplemente para pasarnos factura por los errores del pasado.
Lo reconocí y lo saludé. Comprendí inmediatamente que no le agradaba verme y que se sentía muy incómodo con aquella proximidad circunstancial durante el viaje. Habían pasado los años, pero sus gestos conservaban aquel temblor de quien arrastra algo indefinido que todavía tiene pendiente de resolver.
Yo, que no arrastraba nada, esbocé una sonrisa de cortesía, dispuesto a intercambiar algunas trivialidades agradables, porque, si no queda más remedio, mejor que sea sin asperezas… Visiblemente incómodo, mi fortuito compañero de fila miraba una y otra vez en todas direcciones, buscando una alternativa donde acomodar su esqueleto sin tener que sentarse junto a un fantasma de su pasado.
Y lo consiguió. Apenas terminaron las explicaciones de seguridad y se atenuaron las luces de la cabina, salió disparado con la astucia de un tigre hacia un asiento vacío unas filas más adelante, dejándome quieto y en silencio.
Me quedé observando la maniobra con sincera perplejidad. ¿Había cometido alguna metedura de pata, un fallo de memoria, un desliz social? No. Nada de eso. El enigma era otro, más profundo y seguramente serio.
El fugitivo no había huido de mí. Simplemente había tomado distancia del recuerdo de lo que yo había hecho por él en un pasado compartido. Hacía unos veinte años, algunas decisiones profesionales tomadas por mí, de forma legítima, pero basadas en la confianza que depositaba en su persona, habían resultado enormemente beneficiosas para los negocios de aquella criatura.
Al parecer, el inesperado encuentro con aquel pasado de amistad y favor personal le había resultado insoportable, un sentimiento que reconozco como humano y que ni siquiera le reprocho. Pero confieso que todavía hoy me intriga y me fascina.
Llegué a la conclusión —allí mismo, entre ligeras turbulencias y anuncios sobre los cafés a bordo— de que aquel energúmeno todavía no me había perdonado los favores que le había hecho. Para él, yo era el recuerdo vivo de su dependencia, y nada incomoda tanto a ciertas alimañas como encontrarse, años después, con el espectador silencioso de alguna de sus etapas menos gloriosas.
El avión aterrizó en Oporto como siempre: entre sacudidas y prisas. Mi «amigo» desapareció entre los pasajeros, tan deprisa que ni siquiera me di cuenta de su desaparición.
Yo permanecí sentado en mi asiento de la fila 17, viendo salir a todo el mundo y reflexionando sobre un viejo aforismo de autor desconocido: hay favores que fabrican enemigos con más eficacia que cualquier desavenencia.
Cuarenta minutos de viaje, cero palabras intercambiadas y toda una tesis sobre «el pánico a la gratitud», discretamente elaborada durante un vuelo de Lisboa a Oporto.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


