La estupidez humana es uno de esos temas a los que volvemos una y otra vez sin haber llegado nunca a abordarlos por completo, porque la estupidez humana es, en realidad, un asunto al que no hay forma de darle la vuelta.
Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán que se resistió al nazismo, escribió en sus cartas desde la prisión que la estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad. Mientras que la maldad puede combatirse mediante la fuerza o la argumentación, la estupidez es impermeable a la razón.
El estúpido no es necesariamente alguien con una baja capacidad intelectual, sino alguien que se niega a pensar, que sustituye el razonamiento por la repetición y el cuestionamiento por la certeza.
Lo que hace que la estupidez sea especialmente insidiosa es su capacidad para disfrazarse de convicción. El estúpido rara vez duda de sí mismo. Mientras que el sabio vacila y reflexiona, reconociendo la complejidad del mundo, el estúpido avanza con una confianza inquebrantable, protegido por la armadura de la ignorancia. Esta ausencia de duda le proporciona una ventaja retórica considerable: siempre es más fácil afirmar que cuestionar, gritar que argumentar, simplificar que comprender.
La estupidez se manifiesta de diversas formas. Existe la estupidez natural, resultado de limitaciones cognitivas genuinas, que merece comprensión y no burla. Pero también existe la estupidez cultivada, aquella que surge de una elección consciente o inconsciente de no pensar, de no aprender, de no evolucionar. Esta es especialmente peligrosa porque se alimenta de sí misma: cuanto más se practica, más difícil resulta escapar de ella.
En la era digital, la estupidez ha encontrado un ecosistema especialmente fértil. Las redes sociales han creado cámaras de eco donde las convicciones más disparatadas pueden reforzarse ad infinitum, sin llegar nunca a confrontarse con la realidad o con argumentos contrarios.
La estupidez se ha vuelto viral, literalmente, propagándose a la velocidad de la luz mediante publicaciones compartidas, likes y comentarios. Lo que antes quedaba limitado a una conversación de bar hoy llega a millones de personas en cuestión de segundos.
Sin embargo, sería estúpido —y aquí reside la ironía— asumir que somos inmunes a la estupidez. Todos tenemos nuestros puntos ciegos, nuestros prejuicios irracionales y nuestras certezas injustificadas. La diferencia fundamental reside en la capacidad de reconocer estas limitaciones, de estar dispuestos a aceptar correcciones y de mantener una humildad intelectual que nos permita aprender y evolucionar.
Carlo Cipolla, economista italiano, formuló sus famosas leyes fundamentales de la estupidez humana, en las que sostiene que siempre subestimamos el número de personas estúpidas que existen y que las personas no estúpidas subestiman sistemáticamente el poder destructivo de la estupidez. Estas leyes, presentadas con humor, pero basadas en una observación rigurosa, apuntan hacia una verdad incómoda: la estupidez es una fuerza activa en el mundo, capaz de provocar daños incalculables.
La estupidez no es simplemente la ausencia de inteligencia; con frecuencia es la presencia de algo más pernicioso: la arrogancia cognitiva, la pereza intelectual y el miedo a admitir la propia ignorancia. Es más fácil seguir siendo estúpido que enfrentarse a la incómoda realidad de que podemos estar equivocados, de que el mundo es más complejo de lo que permiten nuestras convicciones simplistas.
Combatir la estupidez, empezando por la nuestra, es quizás una de las tareas más importantes y difíciles a las que nos enfrentamos como individuos y como sociedad. Requiere humildad, curiosidad, valentía para cuestionar y voluntad de aprender. Requiere, sobre todo, la disposición a pensar —pensar de verdad— en lugar de limitarnos a reaccionar.
La estupidez es universal, pero no es inevitable, y reconocerlo es, quizás, el primer paso para escapar de su contagio.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


