Todos nacemos para crecer. Esta idea, que podríamos calificar de evidente, lleva implícita otra que ya no resulta tan fácil de comprender y aceptar. Se trata de la idea de que todos nacemos con un «programa» de crecimiento, es decir, llevamos inscrito en nosotros mismos un «proyecto» que solo cumpliremos si hacemos todo lo posible por crecer de acuerdo con el potencial de nuestras capacidades.
A pesar de todo lo que podamos decir y sentir sobre la belleza de los bebés y los niños, en el fondo sabemos que lo que nos fascina de ellos no es que sean pequeños, sino verlos crecer ante nuestros ojos y con nuestro acompañamiento.
También podemos recurrir al «small is beautiful» como principio de sentido común y de convivencia prudente con la ambición, pero seguramente no estaremos dispuestos a considerar el enanismo como una norma estética.
Por consiguiente, sabemos que, en el mundo de las organizaciones humanas —especialmente en las empresas—, el modelo lógico de desarrollo frente a las condiciones de un mercado cada vez más globalizado apunta hacia objetivos de crecimiento que permitan alcanzar una relevancia y una vitalidad capaces de entusiasmar a todos los stakeholders y garantizar a los clientes las mejores capacidades y la máxima utilidad.
El programa de crecimiento de las empresas no es una realidad absolutamente lineal, ya que depende en gran medida de la dimensión de su mercado de origen, de su grado de desarrollo y sofisticación, y del marco regulador del sector.
También influye considerablemente en el crecimiento de las empresas todo aquello que podríamos denominar contexto competitivo supranacional. Las fuerzas que moldean el futuro son las tendencias desencadenadas por los acuerdos o desacuerdos entre Estados y otras instancias de gobierno internacional, por el agenda setting de los medios de comunicación y por los deseos de los individuos, que progresivamente se reconocen como la razón última de todo.
Al observar el Mundo desde Europa, lo que se percibe es un aumento abrasador de la competencia en la zona monetaria del euro y una mejora innegable de la transparencia y la justicia en el juego económico global, con la aceptación de nuevos centros de protagonismo en América y Asia.
En este contexto, la relevancia de Europa continental en los sectores estructurales de las economías y los mercados está claramente en entredicho y, especialmente, se encuentran en riesgo las empresas centradas en países y mercados que, por su reducido tamaño o escasa competitividad, no disponen de las condiciones necesarias para impulsar su crecimiento.
Si relacionamos las dificultades generales mencionadas con el programa de crecimiento con el que nacen todas las empresas, nos encontramos ante una situación conceptualmente próxima a los planteamientos de Darwin sobre la evolución de las especies: sobrevivirán aquellas que mejor sepan adaptar sus estructuras organizativas y capacidades fundamentales al entorno, convirtiendo las condiciones del éxito en una doctrina estratégica y una práctica coherente.
En los sectores globalizados, la posibilidad de que una organización permanezca en el mercado en condiciones de cumplir sus obligaciones frente a clientes y accionistas depende en gran medida de alcanzar una dimensión mínima.
Las cuestiones de tamaño son importantes desde prácticamente todos los puntos de vista que habitualmente se valoran —costes de financiación, número de clientes, volumen de negocio, masa crítica de talento, racionalidad en marketing, etc.—, pero resultan especialmente decisivas en un contexto de mercados inestables, donde el concepto de valor fluctúa al ritmo de las modas y las noticias.
La dimensión permite alcanzar una estabilidad mínima dentro de una inestabilidad máxima porque, hasta cierto punto, proporciona una capacidad de autogobierno que constituye una ventaja competitiva, ya que permite desarrollar un proyecto de creación de valor con variables internas previsibles.
Crecer será, por tanto, la mejor estrategia, entre otras cosas porque es la mejor idea —y la más natural— que podemos tener para nosotros mismos y sobre nosotros mismos.
Querer crecer es querer merecer una dimensión mayor y todas sus consecuencias. Con un mayor tamaño llegan siempre más dificultades, más desafíos, mayores luchas y mayores riesgos.
Pero preguntad a vuestros hijos si quieren seguir siendo pequeños toda la vida y veréis cómo están programados para merecer más Mundo.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


