El desafío de la ruptura

La tecnología está acelerando de forma tan vertiginosa los procesos empresariales y las relaciones humanas que es muy probable que los directivos se vean sorprendidos por fenómenos cuyas causas desconocen y cuyos efectos no pueden controlar.

En este contexto, podemos afirmar que existe un problema de desfase temporal: el tiempo de la tecnología y de las transformaciones sociales avanza más rápido que el tiempo necesario para tomar conciencia de los fenómenos y desarrollar las capacidades para gestionarlos.

Debemos admitir, por tanto, un elevado grado de obsolescencia potencial de las competencias tradicionales de gestión, ya que resulta objetivamente imposible seguir los fenómenos de cambio en tiempo real, anticipando y gestionando algunos de sus efectos más radicales sobre los procesos sociales y las relaciones empresariales.

La cuestión actual ya no consiste únicamente en saber evolucionar, porque muchas veces nos enfrentamos al desafío de romper con lo establecido. Las rupturas y los desafíos son impuestos a los directivos por el contexto tecnológico que impulsa la sociedad y los negocios, sin que exista tiempo ni margen para seguir fingiendo que saben administrar y dirigir empresas nuevas con ideas antiguas.

Los cambios son estructurales, rápidos y definitivos. No se trata de remakes de fenómenos cíclicos y previsibles que puedan afrontarse con despreocupación, convencidos de que, al final, sabremos corregir los desequilibrios y reducir la transformación del entorno empresarial a la fórmula feliz de los viejos tiempos.

En una sola década, el panorama empresarial portugués e internacional ha sido reconstruido drásticamente por la globalización de los mercados y la integración de nuevas tecnologías, planteándonos hoy el difícil desafío de comprender qué podemos hacer para formar parte del cambio, en lugar de sufrir sus inevitables consecuencias.

Las fuerzas convergentes de la evolución tecnológica y del acceso generalizado a las aplicaciones prácticas de esa tecnología en la sociedad han demostrado una capacidad para, en pocos años, derribar a las empresas consolidadas, rediseñar sectores, transferir riqueza y convertir a los challengers en protagonistas de primer nivel.

Probablemente, solo un pequeño porcentaje de directivos estará en condiciones de sobrevivir como líderes de personas y negocios en un mundo que exige cada vez más disposición para afrontar el cambio sin dramatismos y la ruptura sin miedo.

La tasa de desgaste registrada en los puestos de alta dirección de algunas actividades económicas y en determinadas funciones empresariales plantea serios interrogantes sobre cualquier estrategia profesional que no esté basada en una dedicación casi obsesiva a la recepción y comprensión de lo nuevo.

Como corresponde a tiempos de transición e inestabilidad, tiene todo el sentido que los directivos cultiven un estado de alerta permanente en lo que respecta al desarrollo de sus capacidades y entrenen diariamente su curiosidad por el mundo de las tecnologías y de las personas, para evitar el riesgo de miopía al analizar las circunstancias que deben saber gestionar.

También es cierto que ningún directivo puede permitirse el lujo de perderse en aprendizajes sin consecuencias prácticas, formaciones estériles o experiencias de vanidad académica mientras en la fábrica, en la tienda o en la calle se libra la batalla diaria por la facturación y los márgenes que lo financian todo.

Pero la decisión de romper con los arquetipos del pensamiento incremental y abrirse a la innovación disruptiva y global constituye, en muchas ocasiones, una manifestación de audacia necesaria para quien tiene la responsabilidad de garantizar la supervivencia de una empresa y su propia legitimidad para dirigirla.

Sabemos que el éxito personal es un concepto problemático, que exige ampliar los criterios de análisis y medición, admite una considerable subjetividad y debe ser necesariamente evaluado periódicamente por entidades externas.

Pero un directivo que realmente quiera seguir siéndolo debe considerar como proxy de su éxito futuro el grado de simetría que existe entre sus capacidades personales para comprender la tecnología, las consecuencias de su uso generalizado y las exigencias de transformación personal que todo ello le impone. Cuanto mayor sea la brecha (gap), menor será la probabilidad de éxito.

Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade

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