Las empresas se han consolidado gradualmente, especialmente a lo largo de los últimos cincuenta años, como las estructuras sociales que mejor consiguen promover la cooperación necesaria entre individuos diferentes, con el objetivo de generar un beneficio económico que pueda distribuirse de forma razonablemente justa.
Gracias a esta experiencia de eficacia operativa y eficiencia económica, las empresas han pasado a ocupar un lugar central e indiscutible en la vida de las personas. Hoy resulta fácil comprobar hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de la existencia de empresas, tanto para garantizar nuestra supervivencia física como para alcanzar nuestra realización íntima y personal.
Desde la actividad artesanal más sencilla hasta la prestación de servicios intelectuales más compleja, existe todo un universo de actos y comportamientos con relevancia económica cuya eficacia mejora mediante la adopción del modelo empresarial como principio organizativo.
A medida que las empresas crecen —y las mejores realmente tienen que crecer—, se multiplican las variables de control de la actividad de las personas que colaboran en ellas y se recurre a todas las ramas del conocimiento humano para que contribuyan a comprender esa realidad inevitable que somos nosotros mismos: los seres humanos.
La emancipación y el desarrollo de las ciencias relacionadas con la gestión empresarial han incorporado a la vida económica conocimientos diversos, pero convergentes, que abarcan desde la estadística hasta la psicología, pasando por disciplinas clásicas como el derecho y las matemáticas.
Hoy encontramos en las empresas el lugar ideal —si no el único— para desarrollar la reflexión teórico-práctica que genera conocimiento y hace avanzar las ciencias. Conviene no olvidar que las mejores universidades del mundo son empresas o trabajan para empresas, formando parte de su entorno social y operativo.
Aunque no existieran otras razones, bastaría con el hecho de que la necesidad agudiza el ingenio para tener la certeza de que el mundo empresarial irá siempre un paso por delante en la búsqueda de la síntesis que la vida exige a todos aquellos que ejercitan parte de su inteligencia en algo más sofisticado que la angustiosa búsqueda de un plato de sopa.
Podemos, por tanto, afirmar que la máxima latina «primero vivir, después filosofar» encuentra en las empresas un terreno fértil para el planteamiento de cuestiones fundamentales, ya que, aunque no pueden entregarse a los placeres inconsecuentes de la filosofía pura, tampoco deben avanzar ciegamente hacia una operatividad estricta, desprovista de los marcos sistémicos que proporciona la reflexión y la especulación creativa.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


