Cuando preguntaron a Demóstenes cuáles eran las tres cualidades más importantes de un orador, respondió: «Acción, acción, acción».
En otro sentido, esto puede aplicarse a un directivo al que se le pide que señale los tres atributos fundamentales de su desempeño como gestor y generador de resultados.
Evidentemente, no se espera que las acciones de un CEO sean gestos impulsivos, desprovistos de sentido estratégico o de orientación táctica.
Tampoco sería comprensible que su energía se desperdiciara en una sucesión de actos irreflexivos, sin una línea de coherencia interna que pueda expresarse con claridad.
Pero el genio ya ha sido descrito como «una extraordinaria capacidad para el trabajo duro». Por tanto, nadie puede considerarse un líder excelente de un proyecto empresarial sin un nivel de actividad física y mental superior a la media, porque solo así podrá mantener sus ventajas en información, conocimiento y capacidad de intervención frente a los demás, liderándolos mediante el ejemplo.
Se dice en las tierras altas del Norte que «entre hombres no hay fuerza de buey», lo que significa que las diferencias de capacidad entre individuos de la misma naturaleza son diferencias de grado y pueden superarse.
Esta convicción de equivalencia de las capacidades básicas sitúa las diferencias de fortaleza en el carácter y, dentro de este, especialmente en la voluntad.
Tener una voluntad de hierro es un requisito de cualquier líder. Sobre ella se construyen la capacidad de soportar el sufrimiento, la independencia, la ambición y la concentración en los objetivos que permiten avanzar constantemente por delante de la multitud.
Nada de esto permite concluir que un CEO solo puede hacer bien su trabajo y obtener resultados si es un Don Casmurro obstinado y ciego ante la vida.
Confundir el plano de la razón con el del corazón es un recurso manido. Y mal empleado. En cuanto al corazón, compartimos las palabras de Don Francisco Manuel de Melo, cuando pregunta: «¿Quién podría vivir con un hombre de corazón inmutable? ¿Qué fuerza bastaría para dominarlo? ¿Qué razón para persuadirlo?».
Pero, en lo que respecta a la razón, conviene que esta se mantenga coherente con los principios que fundamentan la acción y los objetivos establecidos. Porque será la razón el pilar de la voluntad en los momentos de mayor incertidumbre. Y quien quiera asumir la responsabilidad descubrirá rápidamente que su voluntad es el principio más sencillo y la justificación más breve de toda acción exitosa.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


