Tengo que confesar que estoy hartísimo —hasta la punta de los pocos pelos que todavía me quedan— de escuchar diariamente decenas de auténticas estupideces, pronunciadas por individuos manifiestamente entusiasmados por disfrutar de la forma más pura de libertad: hablar de todo sin responsabilizarse de nada.
Como defensor a ultranza de la libertad de expresión, soporto estoicamente todo tipo de tonterías orales y escritas, cuando no consigo evitarlas o cuando concluyo que es preferible ahorrarme el coste de una respuesta.
Pero, en el transcurso de este sufrimiento diario, he reflexionado sobre el gran misterio de la necedad nacional en los siguientes términos: ¿qué lleva a tanta gente a sentirse con el derecho, o incluso con la obligación, de pronunciar la sentencia más rotunda cada vez que algún incauto le dirige la palabra o el desarrollo de una simple conversación le ofrece la oportunidad de intervenir?
Esta obsesión por opinar de una multitud de infelices que no tienen nada de valor que aportar a las conversaciones supone un perjuicio considerable para sus víctimas. Porque solo hay dos posibilidades: o las opiniones valen algo y deberían ser pagadas por quienes las reciben, o las opiniones no valen nada y el tiempo que consumen y el malestar que provocan deberían ser pagados por quienes las emiten.
Creo, por tanto, que la cuestión pertenece mucho menos al ámbito de la filosofía o de la psicología y mucho más al de la economía.
Cuando alguien abre la boca para expresar una opinión, perfectamente podría preguntarse si lo que va a decir es lo suficientemente interesante como para que su destinatario le recompense con, por ejemplo, 5 €.
Naturalmente, si alguien paga 5 € por una opinión será porque, gracias a ella, consigue generar un beneficio de al menos 5 euros o, probablemente, porque ha hecho un negocio estúpido.
Como ya he confesado, tengo la desgracia de escuchar frecuentemente opiniones con las que gano cero euros, lo que significa demasiadas horas haciendo negocios estúpidos con personas que tampoco ganan nada con la palabrería que sueltan.
Porque perder dinero no es una actividad que permita ganarse la vida, quiero pedir a todos los doctores en opiniones y sentencias que se mantengan lejos de mí, porque es evidente que dar opiniones sin ningún valor supone un perjuicio para ambas partes.
Además, guardar silencio no cuesta dinero y, por lo general, no provoca ningún perjuicio.
Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade


