Money is a kind of poetry

Antiguamente se decía que Portugal era tierra de poetas, una afirmación que, objetivamente, subrayaba el hecho de que Portugal no era tierra de muchas otras artes o profesiones quizás mejor valoradas en la bolsa internacional de los méritos.

Pero Portugal siempre ha sido y sigue siendo tierra de gente obsesionada con el dinero y, sobre todo, angustiada por el dinero que no tiene y que ve en manos de otros, a quienes, por una envidia profundamente arraigada, no está dispuesta a reconocer mérito alguno.

La relación histórica de los poetas portugueses con el dinero es, sin duda, un terreno fértil para todo tipo de historias y anécdotas marcadas por la miseria, la codicia, la humillación, la envidia y los repetidos equívocos.

Desde los poetas medievales que aspiraban a recibir una pensión o una limosna de su noble protector, pasando por un Camões empobrecido, para cuyo sustento mendigaba su esclavo, siguiendo con los románticos que morían de tuberculosis y de hambre, hasta llegar a Pessoa, que escribía sobre comercio, pero contaba las monedas ante una copa de vino, todos ellos vivieron y escribieron bajo el signo de la falta de dinero, incluso cuando dejaron poemas que hoy valdrían millones.

En este contexto, la frase «el dinero es una especie de poesía», del poeta estadounidense Wallace Stevens (1879-1955), a primera vista paradójica, sugiere que el dinero no es simplemente un mecanismo económico neutro, sino un sistema simbólico con una fuerza expresiva propia.

Wallace Stevens es una de las figuras más singulares de la poesía estadounidense del siglo XX. Integrado en el movimiento modernista, contemporáneo de T. S. Eliot, Ezra Pound y William Carlos Williams, se distingue por una escritura densa, filosófica y musical, frecuentemente centrada en la relación entre la imaginación y la realidad.

Existe, sin embargo, un rasgo biográfico que lo hace todavía más fascinante: Stevens ejerció durante toda su vida como alto ejecutivo en una compañía de seguros, Hartford Accident and Indemnity Company, donde llegó a ocupar el cargo de vicepresidente.

Rechazó convertirse en profesor universitario o vivir exclusivamente de la literatura, manteniendo la rutina disciplinada del mundo corporativo mientras escribía algunos de los poemas más influyentes de su generación. Esta convivencia entre los negocios y la imaginación otorga un significado especial a su célebre aforismo: «Money is a kind of poetry».

Stevens, acostumbrado a trabajar diariamente con contratos, riesgos, primas e indemnizaciones, comprendía profundamente que el dinero funciona como un lenguaje: atribuye valor, establece relaciones, orienta comportamientos, crea expectativas e incluso moldea identidades. Como la poesía, el dinero condensa significados en un espacio reducido; como la poesía, exige interpretación; como la poesía, mueve el deseo y desencadena la acción.

El aforismo de Stevens puede, por tanto, interpretarse desde diferentes perspectivas.

En primer lugar, desde el sentido estético: el dinero es poesía porque se organiza mediante símbolos que trascienden su materialidad.

En segundo lugar, desde el sentido antropológico: el dinero genera narrativas. Cuenta historias sobre quién tiene, quién no tiene, quién pierde y quién gana; revela destinos, ambiciones, frustraciones y conquistas.

En tercer lugar, desde el sentido moral y filosófico: al compararlo con la poesía, quizás Stevens no pretendiera idealizar el dinero, sino recordar que posee el mismo potencial de ambigüedad que un buen poema.

Un texto poético puede ser sublime o trivial, liberador u opresivo, generoso o cruel, y el dinero también puede distorsionar la realidad o alejar al ser humano de lo esencial.

El aforismo de Wallace Stevens funciona así como una advertencia: conviene interpretar el dinero con la misma atención crítica con la que leemos un poema, porque la imaginación poética no es enemiga de la disciplina económica, sino que puede coexistir con ella e incluso alimentarse de esa tensión.

En definitiva, afirmar que el dinero es una especie de poesía quizás nos ayude a reconocer que ambos son construcciones humanas destinadas a dar forma a lo que deseamos y a lo que tememos. En última instancia, ambos son formas de organizar el mundo y formas de soñarlo.

Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade

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