Observatorios, Accionatorios, Fabricatorios y Erratorios

En un país con una notable y tediosa falta de voluntad orientada a la acción, resulta difícil comprender (o quizás demasiado fácil) la proliferación de Observatorios, sin que sus promotores procuren, con el mismo interés intelectual, fomentar también la aparición de Operatorios, Accionatorios u otras instituciones más orientadas hacia las fuerzas de la dinámica que hacia la comodidad de la estática.

La tendencia a crear y mantener tantos puestos de trabajo dedicados a la observación, además de despertar una fuerte sospecha de afición ornitológica, plantea una cuestión ética fundamental: ¿es legítimo que medio país dedique su tiempo y nuestros recursos a observar y catalogar a la otra mitad de la Patria?

El observador, instalado en la comodidad casi litúrgica de tomar notas, convierte la realidad en un inventario de fenómenos, donde la urgencia del mundo es sustituida por la elegancia de la taxonomía.

Y así, mientras la vida actúa, el Observatorio describe; mientras el problema apremia, el Observatorio delimita; mientras la oportunidad pasa, el Observatorio publica un informe con una buena maquetación y escasas consecuencias.

Los Observadores disponen de tiempo en abundancia, pues nada de lo que les mueve puede o debe estar sujeto a plazos. La descripción es una tarea ligada al transcurso de los días, que no pierde valor por su repetición insensata, ya que la propia repetición constituye, en sí misma, un hecho que describir.

Y, como carecen del impulso del cambio, todo el valor de su actividad se traslada a un esfuerzo de precisión que, aunque pueda ser brillante, jamás conseguirá mover ni una brizna de paja. El país se va acostumbrando a esta forma de virtud sin riesgo: la de acertar en el diagnóstico hasta el detalle microscópico y fracasar, con serenidad estadística, en la intervención.

He aquí, entonces, la paradoja: cuanto más se observa, menos se vive. Mirar y observar a largo plazo se convierte en una ocupación y en una forma de vida. Pero la curiosa actividad de los Observatorios que cubren el país está generando una cultura de «hacer como que se hace», una especie de teatro administrativo donde se simula la acción —la misma acción, siempre la misma— y se aplaude la simulación como si fuera una obra realizada.

El problema no es que existan Observatorios; el problema es que el país se convierta, él mismo, en un observatorio de sí mismo: un espejo colocado frente a otro espejo, multiplicando los reflejos y reduciendo la sustancia.

Y mientras la observación se profesionaliza, el Hacer se desprofesionaliza. La mano que podría aprender a construir aprende a comentar; la inteligencia que podría resolver aprende a caracterizar; la energía que podría atreverse aprende a medir.

La escasez de mano de obra, tan citada con aire de fatalidad, quizás sea simplemente el síntoma social de una pedagogía de la contemplación: educadas únicamente para ver y describir, cada vez menos personas eligen la acción como razón de vida, perdiendo así la profundísima experiencia del Hacer, que constituye la base de la evolución humana.

Recuperemos al Homo Faber. No por desprecio al pensamiento, sino por respeto hacia él: pensar sin desembocar en una acción concreta es diletantismo; pensar sin arriesgarse a generar consecuencias es un mero adorno. El país no necesita menos inteligencia; necesita más valentía aplicada.

Necesitamos Operatorios que corten, Accionatorios que impulsen, Fabricatorios que construyan e incluso Erratorios que se equivoquen deprisa, porque el error, al menos, tiene una virtud que los informes desconocen: deja huella en el mundo.

Paulo Fidalgo
CEO de Marketividade

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